Parada sugerida en Laozi. Una sutil y osada reescritura de Solaris…

Publicado el 3 de marzo del 2019 | ~

Por Leonardo Espinoza Benavides

La sensación de haber descubierto una humilde joya: eso siento tras la lectura de Misión a Laozi (Puerto de Escape, 2017) del autor chileno Aparicio N. Frictenns. Presentada como una sutil y osada reescritura del clásico Solaris de Stanislaw Lem, lo cierto es que Laozi no teme poner de manifiesto su evidente inspiración y lo hace más bien de manera explícita tal como contrato sin trampas hacia su lector. Y justamente es desde ahí que erige una pieza colosal capaz de sostenerse por sí sola, estampando paisajes y pasajes para quien decide tomarla en sus manos. La temática es conocida: la imposibilidad de comunicación racional con una inteligencia verdaderamente diferente. El recorrido: un mundo nuevo, con sus propios símbolos, con sus propias vidas, como quien reproduce, personalmente y con su gente, el panorama ya probado de un amigo. La experiencia es siempre e inevitablemente irrepetible, por más que se parezca.

Philip Cook es el protagonista: un hombre de mediana edad, “empático, a la vez que taciturno”, parte del equipo procedente del planeta Zhuangzi destinado a investigar a los plasmíferos del planeta vecino Laozi, criaturas con el aspecto de bolsas plásticas iridiscentes que flotan entre estratos de nubes. De manera repentina, luego de múltiples intentos fallidos de comprensión, cada tripulante de la estación planetaria despierta con un replica idéntica. Idéntica en absolutamente todos los sentidos, hasta el punto en que resulta en vano intentar dilucidar quién pudiese ser el clon y quien pudiese ser el supuesto original. Desde allí se desenvuelven los conflictos.

Como primer comentario puntual destaco la calidad del personaje principal. Resulta en esos casos donde la ejecución y construcción es magnífica, cuando surgen uno de esos personajes con los que uno se compromete y se vincula. Diálogos fluidos y bien elaborados, pensamientos y preocupaciones concordantes. Philip es querible y es sincero, es natural, y vemos cómo va cambiando con el paso de las páginas, cómo adopta nuevos roles, descubre y se auto-descubre. Lo mismo ocurre con el viejo Andrei a bordo, hasta cierto punto una víctima antagónica.

En segundo lugar, Laozi es de prosa agradable y conforma una trama de atmósfera reflexiva. Su relato es vívido y humano, no tedioso ni lineal. Sus análisis son interesantes, con elementos que estimulan, sin caer en banalidades o en argumentos necios. Se siente fresco y novedoso, a pesar de ser un territorio tal vez “conocido”. Como quien viniera de un viaje de Solaris para aterrizar ahora en Laozi, pareciera ya garantizado que los plasmíferos serán incomprensibles y que no queda más que disfrutar de su belleza única e impenetrable; lo mismo con los “clones”: no se trata del cómo o del por qué, se trata del para qué, de cuál velo es que se ha corrido, cuál secreto refleja este espejo. La obra de Frictenns puede generar uno de esos graves cuadros en que, simplemente, no se pueden soltar las páginas sin haberlas terminados de una sentada, cuando silla y espalda terminan amalgamadas.

Finalmente, los detalles y los simbolismos. Los cosmonautas en este caso no proceden de la Tierra, sino que del planeta Zhuangzi, colonia humana de la cual ya han surgido cuatro generaciones. Habiéndose agotado la nomenclatura griega, romana e hindú, las nominaciones son ahora a partir de elementos taoístas. Insoslayable la evidencia de la permeación cultural de oriente que siento que cada vez es más perceptible, tanto en el papel como en la pantalla grande. Sin mayor digresión a la que eso nos podría llevar, es tan solo a partir de estos oriundos de Zhuangzi que podemos conocer a Laozi. Y no es banal coincidencia: Laozi, para nosotros hispanohablantes tal vez más conocido como Lao-Tse o Lao Tzu, literalmente “viejo maestro”, eje central del taoísmo, es una figura histórica de origen enigmático, semilegendario, del cual recibimos anécdotas y recolecciones desde el libro de otro taoísta clave: Zhuangzi. Los soles que observa Philip no son de extrañar entonces que lleven los nombres de Yin y Yang. Y entre clones y originales, entre el Philip de pulsera negra y el Philip de pulsera blanca, entre Solaris y Laozi, se asoma la importancia de la complementariedad, las dicotomías humanas de la percepción para intentar vislumbrar el todo indivisible. Sin ser en lo más mínimo un experto en esta filosofía milenaria, en mi pulsión inconsciente de unir hebras y en mi intento humano de encausar la infinitud, me enfrento de lleno al manifiesto del Tao Te Ching: el cambio permanente como la verdad universal. ¿Laozi… Solaris? El cambio sempiterno del todo; las inteligencias en su propio cambiar. ¿Quizá se involucra el siempre invocado “péndulo” de la historia humana? Aquí acudo al rescate salvavida de algún pensador occidental y termino parafraseando a Alan Watts de lo que dijera por allá en 1975, respecto a la figura de Laozi: tal vez nunca tengamos el conocimiento suficiente para emitir un juicio sólido.

Sin duda alguna, Solaris es el emperador en cuanto a vidas inescrutables se trata. Sin embargo, en nuestra imaginación ilimitada, en nuestra curiosidad de exploradores empedernidos, siempre habrá espacios para nuevos contactos. El mismo Hugo Correa escribió, impresionante y elogiosamente dos años antes que Solaris, su propio contacto etéreo en Alguien mora en el viento. Novelas y relatos como estos son los que, realmente creo, nos preparan para esos momentos. Esperemos haber leído las suficientes veces para cuando ocurra. ¿O ya habrá ocurrido…?

Nunca tuvieron la menor oportunidad de aprender nada; partieron a lo desconocido muy poco preparados y sin la menor idea de ante qué se encontraban. Y al final fueron ellos los analizados, muy posiblemente, por criaturas que tampoco les entendían ni les importaba”.

O como dice el narrador de la novela que comentamos:

solo debían ser capaces de reaccionar, solo eso”.

Santiago de Chile

Febrero 2019

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