Los siete astros de Ernesto Silva Román

Publicado el 20 de noviembre del 2018 | ~

 

  

Por Leonardo Espinoza Benavides

Antes publicado en: http://critica.cl/literatura-chilena/los-siete-astros-de-ernesto-silva-roman

 

El dueño de los astros, colección de cuentos del escritor, periodista y político chileno Ernesto Silva Román, tiene el mérito por sí sola de ser una obra de ciencia ficción de exquisita calidad. Pero, además, al contextualizarla a su época de publicación, adquiere una potencia histórico-literaria simplemente notable.

El libro se publicó en 1929 bajo la edición de “La nueva novela”, décadas distantes de la futura era dorada de la ciencia ficción estadounidense o del período clásico de los autores chilenos. Por aquel entonces, Asimov, Bradbury y Herbert eran niños pequeños de tan solo 9 años. De los maestros de la Europa Oriental, Lem cumplía los 8 y Strugatsky, 4. Y en nuestra tierra, Hugo Correa cursaba su tercer año de vida. En esos tiempos, el Pulp americano recién comenzaba a entrar en escena, con la primera publicación del Amazing Stories de Hugo Gernsback en 1926. Eran literariamente, más bien, los años del británico Olaf Stapledon y del padre de la ciencia ficción francesa moderna, JH Rosny Ainé. Y en la pantalla grande, el mundo recibía en 1927 el largometraje alemán expresionista Metrópolis, de Fritz Lang, muda y en blanco y negro, magna obra pionera de la ciencia ficción fílmica. Tiempos lejanos, verdaderamente. Estados Unidos aún no se alzaba como la superpotencia que hoy conocemos y Chile no era más que un país minúsculo en los confines australes del mundo. Y es desde ahí, desde esos años, que Ernesto Silva Román se sienta a escribir su ficción especulativa.

El dueño de los astros está conformado por 7 relatos. En términos estilísticos, es posible disfrutar y evidenciar los vestigios de un narrador al estilo del siglo XIX mientras poco a poco se inmiscuye y empieza tomar importancia y un rol protagónico el hoy habitual estilo directo. Y, a pesar de sus años, la lingüística no aparece arcaica ni arcana. Aun con lo que impresionan influencias tanto de Wells como de Verne, el libro no pierde su identidad local y perspectiva sudamericana.

El primer relato lleva el nombre del compendio. En este primer cuento, el “dueño de los astros” viene siendo Sax Kabder, un sabio y científico de la India que desarrolla una tecnología con la que puede mostrar al mundo, a través de boletines gráficos, la vida en otros planetas. Sus proezas las realiza con el apoyo de Londres, y ante la envidia violenta de Nueva York. De este modo se establecen los primeros lineamentos del libro: científicos enigmáticos, de genialidades muchas veces inescrutables, prácticamente iluminados por sobre la humanidad, pero no por ello inmunes a las dramaturgias sociales que los rodean.

El segundo relato es “El navío sideral”, donde otro genio científico es quien deslumbra al mundo, en este caso adaptando la Luna para utilizarla como un medio de transporte a través del universo. Sin embargo, a diferencia de Sax Kabner, víctima de la envidia de los poderosos necios, en este caso el hombre de las ciencias se aleja de esta Tierra sin retorno establecido. Una emoción distinta se siente y se conjuga, concluyendo así el relato: “Pasaron siglos y siglos hasta que los terrestres perdieron la esperanza de que Alex Prim Montiel —el genio todopoderoso que había hecho a la humanidad inmortal y había descubiertos las fuerzas desconocidas de la creación—, regresara a iniciarlos en los misterios del espacio infinito”. Como si Ernesto Silva Román insistiera ahora desde un ángulo distinto para expresar los riesgos, desencantos y consecuencias de un intelecto superior de altruismo impasible embebido en nuestra sociedad.

Al tercer relato ocurre un giro. La benevolencia de los protagonistas anteriores se transforma en monstruosidad, al modo de un camino inevitable tras los dos relatos previos. “La humanidad vencida” desarrolla su propia mirada a temáticas remotas y tan propias de este género literario: la creación despreciando al creador y los riesgos del progreso irreflexivo. Astruel es el genio del cuento, alejado de las virtudes de Kabner y Montiel. En un deseo de divinidad, da origen a su creación, Argol, nacido de sí mismo, de su sombra, en un acto forzado e infame. Y la criatura lo reciente, lo detesta, por haberle hecho nacer en contra de su voluntad y por las despreciables imperfecciones de su creador, las cuales extrapola al resto de la humanidad. Como observara la criatura respecto al genio humano: “La Bestia antropoidal se vengaba del espíritu superior del sabio”. Y finalmente, ocurre la inevitable caída del hombre orgulloso: “Su genio había hecho crisis. No alcanzó a ser Dios. Tenía el Conocimiento; le faltó la Sabiduría”.

  

El título del cuarto relato viene a validar esta nueva tónica: “El monstruo científico”. El relato ocurre en Chile, donde el detective Rivas Monsel cae presa del misterio laberíntico del doctor Besnar. El genio es aquí una vez más la antítesis de la ciencia benigna. Experimentado con encéfalos humanos de individuos secuestrados, el neurocientífico logra concretar la energía psíquica de los cerebros para su uso en la manipulación de la materia. El poder nubla y lo convierte en lo macabro. El resultado no puede ser otro que el acúmulo de cuerpos exánimes.

En el quinto cuento, “El genio maléfico del año 3000”, se le hace frente a la perversidad que se fue desplegando en los últimos relatos. Acá se enfrentan las fuerzas; se abandonan las individualidades para reflejar un conflicto mayor. La Tierra se encuentra bajo el dominio vil y ambicioso del “Genio de Washington”, gran Dueño de la Materia. Una comisión de delegados, en los que hay un chileno, un brasilero y un capitán japonés, van en busca de quien promete ser la única respuesta y solución a la tiranía: el Buddha vivo, el Rey del Mundo. En una ambientación de pincelazos oníricos, en una especie de Yin y Yang entre Oriente y Occidente, el encuentro culmina con la derrota del “último loco científico de la Humanidad”.

El sexto cuento da un salto del antropocentrismo que reinaba en los relatos previos para divagar por la inmensidad y tenebrosidad cósmica. “El astro de la muerte” es ciencia ficción formidable, es narrativa cautivante y excursión científica admirable. En el año 2035, los astrónomos del Aconcagua y del Himalaya detectan la súbita presencia de un planeta errante en nuestro sistema estelar. A medida que el astro se acerca, los seres vivientes de la Tierra experimentan un crecimiento físico acelerado. El biólogo Dasrael Morales descubre la causa: el planeta genera una modulación aberrante de la vitamina D, al menos en los seres humanos. Lo único que alcanzan a planificar es refugiar a unos cuántos en un espacio subterráneo, a la espera del paso del astro, mientras en la superficie los menos afortunados se convierten en titanes insostenibles. El cuento tiene un cierre aterrador, inconcluso, sin saber qué ocurre allá afuera, ante la brutalidad irrefrenable de los eventos astronómicos. Y si bien con eso basta para elogiar el relato, más admiración merece aún el hecho de que la vitamina D, hormona cuyo rol en la homeostasis del calcio, entre otros efectos, conocemos en la actualidad, había sido descrita por primera vez tan solo unos pocos años atrás.

Los méritos de este cuento se reflejan también al haber sido seleccionado para su incorporación en la recopilación Cosmos Latinos: An Anthology of Science Fiction from Latin America and Spain, de Andrea Bell, publicado el año 2003. La recopilación hace una labor maravillosa y excepcional. Debo, sin embargo, mencionar un detalle en la publicación traducida de Silva Román. En la antología, “El astro de la muerte” es presentado en inglés como “The Death Star” (“La estrella de la muerte”) y a medida que se lee en la lengua extranjera se nota el uso de “star” (estrella) y “planet” (planeta) como sinónimos, lo cual puede generar una confusión significativa. No vaya a pensar el lector que aquello fue un error del autor: en el relato en español, en su lengua original, es evidente que “astro” está siendo ocupado en la primera acepción que entrega la Real Academia Española, es decir, “cuerpo celeste”, y no “estrella”. En la ciencia ficción estos detalles importan, por lo que me ha parecido meritorio simplemente mencionar este fenómeno: son las dificultades del hermoso arte de la traducción, que, a pesar de algunas limitaciones, es la puerta esencial para acceder a las bellezas foráneas. Más allá de este enredo de palabras, la calidad del relato y su trascendencia en la ciencia ficción chilena han recibido las bendiciones del paso del tiempo.

Finalmente, como cierre del libro, el séptimo relato demuestra la genialidad creativa de su autor. “Los vampiros del espacio” es una espectacular invasión extraterrestre. En las islas de Juan Fernández se encuentran innumerables cadáveres, todos blancos y enjutos. La humanidad descubre que está siendo atacada por seres espaciales completamente invisibles, cuyo alimento es nuestra sangre. Un periodista argentino y un joven espiritista chileno van en busca del único sabio que pudiese ofrecer una orientación en la solución al problema. Y así, en un retorno cíclico, el autor culmina destacando, como lo hiciera al principio con Sax Kabder, la figura del sabio por sobre el mero científico.

El dueño de los astros es actualmente una reliquia, una joya de esas que rara vez se encuentran. Además de su valor literario e histórico, es también un objeto de colección artística, gracias a las ilustraciones vanguardistas diseñadas por Huelén que dan forma a su portada y acompañan páginas interiores. Ernesto Silva Román nos entrega desde tiempos pretéritos un libro de ciencia ficción que deja un sello en su época y reverbera hasta tiempos modernos, cual noche chilena estival iluminada por la luz del pasado: criolla, revitalizante, acogedora.

Leonardo Espinoza Benavides.
Santiago de Chile.
Noviembre, 2018.

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