Una espiral de locura, muerte y sadismo, en clave ci-fi…

Publicado el 4 de mayo del 2017 | ~

Por Marisol Utreras Guerra

LA GRAN MALLA. El dominio del hombre” de Gabriel González Aránguiz

124 págs.

PUERTO DE ESCAPE, 2016

 

Bibliomancia:

Después de 40 años leyendo ciencia ficción puedo decir -con cierta autoridad de lectora impenitente- que tengo frente a mí un excelente libro, creíble, anticipatorio y ágil, como sucede con “La Gran Malla” de Gabriel González Aránguiz (PdE 2016); de tal manera, que a partir de la página 50 me estaba comiendo las uñas frente a la tensión que empieza a desenvolverse  de forma tan ineludible, que uno, como testigo de la acción, siente que se avecina una gran desgracia, dando paso a un sentimiento de legítima impotencia por no poder intervenir, alertar o gritar, a lo menos, ya que las decisiones del protagonista son inexorables, y uno ahí, estático, como fotógrafo de National Geographic, viendo al león a punto de emboscar a la gacela…

Así comienza a desplegarse una espiral de locura, muerte, sadismo, envidia; los más bajos instintos de los cuales hace gala el ser humano, sin importar origen o clase o social, simplemente están ahí, moran en la mente y en las conexiones cerebrales, hacen que se levante la mano con la quijada de burro sin poder evitarlo, una y otra vez. En pleno y tecnológico Siglo 21, el corazón del Hombre es siempre el mismo, y así puede verse en este fragmento tan bien escrito:

Verónica lo miró extrañada por su repuesta y sobre todo por su actitud, vio algo en sus ojos que no le gustó, un ser lleno de sombras que no era su amado y por un segundo sintió que no era real­mente su Miguel, el que hablaba, sino alguien o algo que salía de adentro de él…”

O la traición –¡et tu quoque Brute fili mi! (‘¡Bruto, hijo mío, también tú!’)- del joven inventor-protagonista a su mentor-científico:

Ante esta incertidumbre, Miguel se dio cuenta que era hora de salir del lado de Diego, lo estimaba, lo admiraba, y había aprendido mucho de él, pero no quería seguir sintiéndolo siempre un paso detrás de él, pues lo que antes era un honor ahora se tornaba peligroso”.

Nuestro protagonista, al igual que el bíblico Adán, quiso saborear la “prohibida” fruta del conocimiento y semejarse al Creador, en el eterno afán del ser humano de traspasar ciertos límites; los mismos límites que su Maestro & Mentor quería resguardar, porque la tecnología que había desarrollado conocida como la Hoja Electrónica, con sus múltiples cualidades de ligereza, ductilidad, transporte, almacenamiento de datos  y ahorro energético, estaba planeada para facilitar la vida en sociedad, ser una herramienta al servicio de todos,  un algo externo en extremo útil que pasa a ser parte de la rutina laboral y doméstica. Mas, la seducción casi demoníaca que rodea el deseo de imitar a Dios,  lleva al joven científico –como un nuevo Prometeo– a robar el fuego de los dioses y fusionarse neuronalmente con la máquina, convirtiéndose en un Protohombre capaz de obtener cualquier cosa (material e inmaterial),  dueño de una lámpara de Aladino que no se cansa de frotar.

Por otra parte, el científico que lo formó e hizo de él su discípulo, comprueba  que este heredero intelectual va caminando por senderos peligrosos y decide detenerlo, con funestas consecuencias, para ellos y, obviamente, para toda la inadvertida humanidad.

La estructura y forma de esta novela me recordó gratamente a la novela de vanguardia “Cagliostro” de Vicente Huidobro, siempre tan adelantado a su época, quien concibe escribirla “cinematográficamente”, con tal éxito en su cometido que gana un concurso de guiones en Europa, pero el surgimiento del cine sonoro, impide que el proyecto de película vea la luz. Me hago parte de las palabras del propio Huidobro para su obra, que bien pueden aplicarse a este libro del siglo XXI y el cine en 3D:

Es una novela visual. En ella la técnica, los medios de expresión, los acontecimientos elegidos, concurren hacia una forma realmente cinematográfica. Creo que el público de hoy, con la costumbre que tiene del cinematógrafo, puede comprender sin gran dificultad una novela de este género“.

Por eso, estimado lector, cuando abras la primera página de “La Gran Malla” de Gabriel González Aránguiz, arrellánese en su más cómodo sillón, porque no podrá dejarla hasta llegar al final, que en realidad… no es tal.

 

Valparaíso, mayo, 2017.

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