Un encuentro casual con el legado de Hugo Correa

Publicado el 28 de diciembre del 2017 | ~

Por Leonardo Espinoza Benavides

 

Han pasado ya varios años desde que leí por primera vez esa gran obra maestra de la ciencia ficción chilena. El lector me acompañará en intuir que me refiero a Los Altísimos de Hugo Correa y tal vez también comparta conmigo el hecho de haberla leído hace ya bastantes solsticios. Más allá de eso, lo que anhelo es que añore también junto a mí esa emoción casi primitiva de haber descubierto en aquel entonces esas páginas míticas para nuestras letras criollas del género en cuestión, míticas quizás para nosotros mismos. Al menos con esa intensidad recuerdo yo la emoción de haber detectado a un chileno entre los grandes. Una emoción quizá un tanto infantil, pero válida, inocua y acogedora. Y así de vez en cuando me encuentro con otras sorpresas que evocan la esencia de aquella descrita. Lo último que recuerdo fue hace un par de meses atrás encontrar Acá del tiempo de Antonio Montero en una librería de viejo transitoria por Barrio Italia, teniendo que dar media vuelta para ocultar la sonrisa kilométrica que se apoderaba de mi rostro: habría pagado lo que fuese, y la idea era que al vendedor no se le hiciera tan evidente. De todos modos, son esos pequeños momentos dulzones los que le recuerdan a uno que, inevitablemente, seguimos queriendo este género literario tan particular. Una historia de esas es la que quiero compartir con este breve relato, para que la gocen también junto a mí.

A mediados de este año (a fines de Julio, específicamente; recuerdo que hacía muchísimo frío), me encontraba paseando por el Parque Ross de Pichilemu, playa de toda mi infancia como buen colchagüino. Crucé la calle Evaristo Merino y me acerqué al Centro Cultural Agustín Ross para ver si estaban abiertos con alguna exposición. Y lo estaban: “Simbiosis Cromática” se llamaba. Una exposición colectiva de artistas nacionales que buscaban fusionar literatura y arte visual; una colección de pinturas en que cada una representaba alguna obra literaria nacional o internacional. Me pareció tentador; me gustó. Entré.

Refugiado del frío, caminé tranquilo mirando los cuadros. Era un fin de semana en que me había escapado de Santiago, así que estaba con esa templanza del éxodo exitoso de la capital, efímero pero necesario: reponedor. Por supuesto las pinturas hablaban de los pesos pesados de la tinta. No los recuerdo todos, pero sí me quedó el recuerdo de Cien años de soledad y de Hamlet. Nombres colosales, demás está decir. Y entonces, querido lector, ocurrió.

Miré, leí el nombre del libro representado por la pintura frente a mis ojos, y me transformé en un niño de ocho años encontrando un juguete destellante. Le dije a mi polola que se acercara, que viera lo que estaba viendo, que me corroborara el espejismo. ¿Entre estos titanes estaba viendo realmente lo que veía? Me disculpo por el escepticismo, pero es la fuerza de la costumbre. Lo corroboraron entonces sus ojos. Lo era. Sí, lo era. Los Altísimos de Hugo Correa, ahí, en plena exposición. Un peso pesado. Recuerdo esa alegría inocente, fortuita, como si esa pintura me viniera a reforzar alguna creencia resguardada, como si me alimentara el espíritu, gritándome encima: ¿Ves? ¡El legado es tangible! Era como si avivara una de esas llamas que acarreamos adentro.

Podría comentarles el cuadro o alargar el relato (eventualmente seguí mi paseo y después viajé a San Fernando), pero aquí me detengo y los dejo a solas con las fotografías que saqué para compartir. Todos los derechos, valga decir, son de sus autores correspondientes, en particular de Felipe Castro, autor de la obra aquí descrita.

Espero que quien lea vibre y goce como yo así lo gocé, y que extienda en sí este pequeño momento.

Un pequeño momento. De esos que quedan.

Santiago de Chile

Noviembre, 2017.

Comenta este artículo: