ALGUNAS CLAVES PARA ENTRAR A MIS LIBROS… O CÓMO VAMOS SEMBRANDO LA DUDA HUMANA

Publicado el 4 de abril del 2017 | ~

 

Por JORGE ALBERTO COLLAO

Escritor de Ciencia Ficción y Fantasía del norte de Chile.

Iniciar este año con el lanzamiento, en la Jornada Inaugural de la XXXII versión de la Feria del Libro de La Serena, de mi segundo libro “¿Podremos reírnos en el silencio del cosmos?“(PdE 2017), y que presentáramos el día de ayer en el Foyer del Teatro Municipal de Viña del Mar, como siempre con el apoyo de Marcelo Novoa y Editorial Puerto de Escape, quiero dejar aquí algunos apuntes e ideas surgidas de aquella conversación. En mi anterior libro, titulado: “Tal vez solo seamos los dioses de las hormigas” (PdE 2014) (más bien en formato nouvelle o novela corta, ya que apenas se empina por sobre las setenta páginas), la historia puede resumirse así: iniciamos con la idea de que si en verdad existen infinitos universos, entonces, todo aquello que puedas imaginar, por más absurdo o incoherente o fugaz que nos parezca, debe tener un correlato real en alguno o varios de esos infinitos universos, por el solo hecho de ser infinitos. Entonces, este precepto permite deshacernos de convencionalismos que no son requisito para la realidad así entendida.

Pero el razonamiento humano para poder comunicarse o decirse, procesarse como comunicación, requiere de la conciencia humana. Y allí -sabiendo que es un requisito fundamental- la tensión está dada por la referenciación del universo (imaginación/realidad) mediado por el ser humano, intentando deshacernos lo más posible de todo antropocentrismo. Así, las descripciones son sensibles (fija en los sentidos) y las reflexiones –caóticas muchas veces- intentan mantener esa conexión con lo sentible de la realidad, describiendo el periplo de seres vivos e inteligentes que, sin embargo, desafían el concepto de “vida” (Odaiba), y la “inteligencia” (Agesha), y el “ser” (Srady), buscando plantear una coherencia fuera de los cánones humanos. Entonces, en este caótico relato de la experienciación del universo por parte de los protagonistas, intenta también transformarse en una experiencia para el lector sumando como un nuevo sentido (ojos, oídos, tacto, olfato, relato) para experienciar lo que debe ser en realidad del universo, o la percepción de su inconmensurabilidad. No es pues un relato de temporalidad –como todos los relatos- sino una poética del signo. No importan las racionalidades-otras de los personajes, sino la objetivación de las posibilidades de que existan.

Así, pequeños acontecimientos como encontrar similitudes en una fórmula física pero donde la constante “tiempo” no existe, o la referencia a problemas matemáticos reales e insolubles, o a reinterpretaciones de hechos históricos que voltean un paradigma completo (la invención de la espada), o referirse a los “datos inútiles” como una crítica a nuestra pareidolia exasperante, o a razas con inteligencias múltiples y paralelas, o modos de comunicación extremos como a través del dolor, intentan hacer que nos apantallemos con un shock informativo –como el que nos avasalla todos los días- para decirnos: esa idea preconcebida que tienes de la realidad úsala mientras te sirva, porque puede cambiar, puede ser otra. Por ello el título: “Aunque tal vez solo seamos los dioses de las hormigas”. Donde ese “Aunque tal vez” es la certeza del cambio, nada es seguro ni está a firme, donde ser dioses puede ser tan cotidiano y hasta sin importancia, comparándonos con estos seres tan pequeños y a la vez complejos, en donde las escalas no tienen sentido, o solo lo tienen, en el contexto, y el contexto es el cosmos, ese cosmos que no cabe ni en nuestras mentes y apenas en nuestra imaginación.  ¿Entonces, qué es este libro? ¿Una especie de poema cubista en 70 páginas respecto de lo poco que se puede saber del universo? ¿Un afán de esnobismo ergótico? ¿Es ciencia ficción, anticipación, o literatura conjetural? Interesante también en la fuga del antropocentrismo, es la desconexión o falta absoluta de referencia a la tecnología inanimada (aparatos, naves espaciales, etc.), sino donde el concepto de “orgánico” más que incluso el biológico, domina todo el texto, y solo eso rompe ya un convencionalismo arraigado en lo que se concibe como ciencia ficción.

Pero hay también un factor –entre muchos- psicológicos que son importantes y suelen pasar desapercibidos, que son la interacción de Srady con la criatura asesina, y el del científico o investigador, que se degrada física y psicológicamente estudiando a la criatura que se comunica a través del dolor. ¿Es martirio? ¿Es afán de conocimiento? ¿Es predisposición de espíritu? Sabemos que ante lo desconocido y ante impulsos autodefensivos (como ante el dolor) transita el miedo y el terror pero que, los personajes citados, pagando los costos descritos, han optado por ir más allá. ¿Qué es lo que ganan? ¿Es eso válido para la raza humana? ¿Es ésta la última frontera, y no el universo “físico” –como planetas o plataformas estelares- lo que nos espera evolutivamente en comunión con esta inconmensurabilidad del cosmos? ¿Y si es así, podemos llegar o buscar esa última frontera en lo que hacemos hoy, aquí, en esta realidad? Reflexiones que rompen el canon de lo que es por definición, la duda humana. Y está también, mediado por el hecho ¿real? De la muerte, en estos personajes, en estas situaciones. ¿Qué es la muerte para el Odaiba que es orgánicamente inmortal, para Agesha en quien su “memoria” no constituye parte de su ser sino un apéndice más, o en Srady y su afán de conocimiento?

En fin, la conexión –así lo conversábamos ayer en el Foyer del Teatro Municipal de Viña- entre “Aunque tal vez solo seamos los dioses de las hormigas” y “¿Podremos reírnos en el silencio del cosmos?” tiene que ver con la conexión precaria frente a estos tan disímiles paradigmas, y a la exposición ante los ojos del lector, de esa conexión. Si se logra o no, es harina de otro costal. A estas alturas, me hace mucho sentido la frase de Chang respecto de entender la Ciencia ficción como “laboratorio filosófico”, en el sentido de que lo que se cuestiona no es ya la tecnología, sino algo mucho más profundo y cotidiano: “nuestras convicciones”.

Y eso es, tal vez, lo que se ha triangulado en mis escritos y espero que con algo de fortuna. Las convicciones son lo que nos define, ni la biología ni la memoria, pues ambas son solo un apéndice de apoyo que fácilmente podrían convertirse o suplantarse por alguna interfaz: palabra que también ha aparecido insistentemente en estas conversaciones. Quizá este conjunto de narraciones –desde los micro-cuentos a textos más extensos de varias decenas de páginas- que constituyeron finalmente el libro “¿Podremos reírnos en el silencio del cosmos?” publicado por Puerto de Escape ahora este 2017, sean también parte de este caótico entramado. Historias que oscilan entre los zombis de un mundo apocalíptico, brujos de mundos etéreos, espadachines del Japón feudal, robotización, la maldad en la cotidianidad humana, gusanos creciendo en el cerebro, espíritus antiguos y vengativos, inteligencias alienígenas, realidades alternativas, cosmogonía, peligrosos y aterradores saltos evolutivos, reflexiones en torno a la idea del bien y el mal, y en fin, mucha disquisición y especulación reunidas. Creo que si la novela corta “Aunque tal vez solo seamos los dioses de las hormigas” es de alguna manera, el estallido de una granada de mano, los relatos de “¿Podremos reírnos en el silencio del cosmos?” se me antoja como sus esquirlas inesperadas proyectadas en todas direcciones.

De vuelta a Coquimbo, 31 de marzo del 2017.

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