EDGAR ALLAN POE EN EL SIGLO XXI (extracto)

Publicado el 25 de Marzo del 2016 | ~

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Por Gabriel Jiménez Emán

(Publicado completo y originalmente en: http://www.crearensalamanca.com/edgar-allan-poe-en-el-siglo-xxi-ensayo-de-gabriel-jimenez-eman/)

 

UNA EXISTENCIA VERTIGINOSA
Edgar Allan Poe nació en Boston, USA, a comienzos del siglo diecinueve (1809) y vivió sólo cuarenta años (1849) de una existencia poblada de incidencias fuertes, agobiantes, que le llevaron a definir una serie de fenómenos estéticos y vitales configuradores de su modo de concebir el mundo. La cultura inicial de Poe proviene primero de su infancia, donde tiene contacto con el folklore sureño; es tratado por nodrizas negras y criados esclavos, en una niñez poblada de aparecidos, relatos sobre cementerios y cadáveres deambulando en selvas. Por otro lado, está el contacto durante su adolescencia con la lectura de revistas trimestrales escocesas e inglesas repletas de historias populares. Con su nodriza negra, de seguro, asimiló los ritmos de la gente de color que le prodigan fuerza a sus versos; luego, la presencia del mar y los capitanes de navío con quienes trataba su padrastro en los negocios de ultramar, que narraban historias marineras, han debido impresionarlo.


Luego su padre, John Allan lo envía a estudiar a la Universidad de Virginia, pero el joven Edgar presenta tendencias constantes a la bebida y al juego que le impiden cumplir cabalmente sus estudios, razón por la cual el padrastro le retira su apoyo económico. Después de esto, intenta el ingreso a la academia militar de West Point, a donde se acostumbra menos, imposibilitado de adaptarse a la disciplina militar. Comienza entonces a leer mucho y a escribir poemas, artículos y relatos donde muestra sus tempranas dotes. Aprovecha y cultiva estas aptitudes y marcha a la ciudad de Baltimore, donde comienza a trabajar como crítico literario en diversos periódicos de la época. De ahí en adelante, este será su principal oficio y su modo de mantenerse, junto al de editor y director de revistas (Southern Literary Messenger); y ello hay que tenerlo muy en cuenta en el momento de valorar una existencia transcurrida entre la precariedad material, una ardiente imaginación y una vocación indeclinable por la literatura, hasta sus últimos días.
Antes de cumplir los treinta casó con su prima Virginia Clemm, (había tenido dos novias en su época de adolescente, Helen y Elmira) con la que estuvo unido por once años, al morir ésta de tuberculosis, hecho que le sume en una depresión nerviosa. Aunque ya había publicado en 1840 sus Cuentos de lo grotesco y arabesco, su verdadero reconocimiento como escritor se inicia con la publicación del relato El escarabajo de oro en 1843, texto donde se advierten sus facultades: claro dominio de un estilo propio, capacidad deductiva, amplia cultura científica y filosófica, y una imaginación febril heredada de la tradición gótica inglesa del siglo XVIII, remozada con peculiares toques de elementos nuevos, que se mueven entre la alteridad de los personajes y su mundo psíquico, así como en los territorios de lo poético y lo tétrico (los cuales forman parte de su concepción sobre el arte del grotesco), de ahí que se le tenga como a un maestro del cuento de terror y de la novela policial (el análisis de pistas y datos que permiten dar con el culpable de determinado asesinato, aparecen por vez primera en Los crímenes de la calle Morgue), al tiempo de considerársele un poeta romántico y una suerte de decadentista, precursor de la ciencia ficción (por el uso de elementos de razonamiento científico en el diseño de mundos utópicos) y del llamado espíritu moderno, al establecer el choque de un mundo espiritual e independiente con el de la incomprensión materialista de la sociedad masiva utilitaria, consecuencia del mundo industrial capitalista.

Esta condición de avanzada es reconocida en Europa por el mismísimo Charles Baudelaire, quien llevó a cabo la versión íntegra de sus obras al idioma francés y escribió para ellas un prólogo revelador, que lo coloca de inmediato en la cúspide de la literatura europea. Baudelaire y Rubén Darío coinciden en el contexto fundamentalmente materialista y pragmático, casi insensible, donde se desenvuelve la vida de Poe, en unos Estados Unidos, nación “ciclópea, monstruosa, tormentosa, irresistible capital del cheque” como la llama Darío, que no puede ser propicia a un alma delicada y refinada como la de Poe. Mientras, Baudelaire nos dice que los Estados Unidos son “un país gigantesco e infantil, naturalmente celoso del viejo continente. Satisfecho de su crecimiento material, anormal y casi monstruoso, este recién llegado a la historia tiene una fe ingenua en la omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos desventurados entre nosotros, de que terminará por devorar al Diablo”. Por su parte, nuestro Ludovico Silva nos dice que “Tal vez sea Edgar Allan Poe –y la elección no es arbitraria— la primera víctima de la revolución industrial, y el primer representante genuino de la contracultura. Defino a la contracultura, provisionalmente, como el modo específico de ser cultural de la sociedad capitalista, y se caracteriza por su oposición implacable a los valores de cambio en que se basa esta sociedad.”
Otro escritor notable de América Latina, el argentino Julio Cortázar, se propuso traducir la obra completa –excepto la poética– de Poe al castellano, acompañada de sendos estudios críticos, logrando versiones difíciles de superar. Éste se ha pronunciado en otro sentido cuando nos dice: “El cuervo conmovió los círculos literarios y todas las capas sociales, hasta un punto que actualmente resulta difícil imaginar. La misteriosa magia del poema, su oscuro llamado, el nombre del autor, satánicamente aureolado con una “leyenda negra” se confabularon para hacer de El cuervo la imagen misma del romanticismo en Norteamérica, y una de las instancias más memorables de la poesía de todos los tiempos”.

 

EL ESTILO DE POE Y SU RADIO DE INFLUENCIA

Por último, voy a intentar expresar en qué consisten para mí las contribuciones de Poe a la prosa de ficción en la tradición de occidente. En primer lugar, Poe es más un narrador de ideas y atmósferas que de determinadas anécdotas o hechos sometidos al arte literario. Es un narrador que filosofa a medida que avanza en la historia, y está más interesado en descubrir qué sienten o piensan los personajes, que en describir los motivos de sus actuaciones en el cotidiano existir, se deba ello a su propia voluntad o conducidos por convenciones sociales; más bien se sumerge en la mente de éstos, en sus gustos, decepciones o reacciones adversas, en el fatum de la propia existencia de sus seres, que en una inútil descripción de sus pareceres sobre familia, política o sociedad; está más interesado en narrar la enajenación psíquica de éstos, sus contrariedades, sus males, su dolor, que salir airoso en un final verosímil (feliz o trágico, lo mismo da) para complacer al lector; prefiere sumergirlo en una serie de dubitaciones que le induzcan a pensar en la posibilidad de creer en lo invisible, lo intangible, lo etéreo o lo metafísico mediante una suerte de trascendentalismo inducido, es decir, un modo de creer en un más allá, en una dimensión superior idealizada, propia del romanticismo, que incluye, por supuesto, un culto a la muerte, pero ese culto se realiza mediante una organización de la mente analítica, de la existencia de una esfera superior donde puedan habitar seres, sentimientos o intuiciones poderosas que incluyen la idea de Dios, más que a Dios mismo; de ahí su permanente distanciamiento de cualquier religión. Cuando parece estar cerca de Dios, Poe y sus personajes (o bien Poe convertido en personaje de sí mismo, su principal logro estético, literario y filosófico), ponen un cerco al todopoderoso para que éste no aparezca, y así sus personajes idealizados, desdibujados, tomen el lugar de éste, convertido no ya en una deidad, persona o entidad religiosa, si no en una suerte de energía cambiante, de potencia estética a donde Poe desea conducir su mundo.
Poe fuerza la barra permanentemente, y al no encontrar respuesta para sus personajes perdidos, extraviados, desconsolados o angustiados, describe los entornos o ambientes de éstos de un modo fantasmal, imprime un carácter quimérico a los deseos de éstos y los sume en atmósferas interiores abigarradas rodeadas de esculturas, muebles, pinturas, retratos, camafeos, perfumes, olores, hasta propiciar ambientes saturados, recargados a conciencia, poblados de referencias culteranas, eruditas, musicales o plásticas. La principal arma descriptiva de Poe es la pintura, opera como un artista que hace un retrato a través de pinceladas, colores, toques perfeccionistas aquí y allá en el logro de perfiles, rostros, gestos, texturas, detalles; luego los suspende en el tiempo, congela las imágenes y después apela a la música, al ritmo y cadencia de su escritura para conducir al lector a una especie de embriaguez sonora de donde le sea difícil salir, pues nuestro escritor tiene esa capacidad de colocar siempre en las historias a un personaje en segundo o tercer plano para que éste opere como bisagra de la narración, y así ofuscarlo aún más con nuevas descripciones de este tipo, lo lleva hasta el paroxismo, y aunque éste lector no comulgue totalmente con la historia o se identifique con los personajes, no tiene más opción que concluir la historia. Con esto, creo, Poe aporta a la prosa romántica nuevos elementos, ingredientes que no habían sido avizorados en la prosa romántica europea desde Goethe, Hoffman o Hugo.

¿Qué ocurre después de Poe? Lo que ocurrió con todo el romanticismo en el mundo entero: o se reacciona contra él, como hizo el neoclasicismo, o se le intenta innovar o asimilar desde otros movimientos como el simbolismo, el dandismo, el decadentismo o el modernismo hispanoamericano. Pongamos unos pocos ejemplos: Oscar Wilde, el último de los grandes dandis, absorbe directamente la estética de Poe; en Italia, en la obra de otro dandi como Gabriel D’Annunzio; en Francia lo hace Guy de Maupassant en sus cuentos obsesivos y delirantes, y en los parnasianos franceses; en toda la novela policial, desde Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle hasta Henry James y Wilkie Collins, pasando por las novelas de Agatha Christie, Georges Simenon y los estadounidenses Raymond Chandler y Dashell Hammet (a mi entender los mejores); también en la literatura fantástica propiamente dicha, en obras como las de Howard Philip Lovecraft, Franz Kafka y los ingleses Blackwood, Harvey y Kettridge; luego, en América Latina, su influjo más fuerte es en el cuento, en autores como Horacio Quiroga, Pablo Palacio, Juan Rulfo, Julio Torri, Julio Cortázar, Julio Garmendia, José Antonio Ramos Sucre, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges o Gabriel García Márquez; o en poetas que escriben cuentos fantásticos como Rubén Darío, Leopoldo Lugones, César Vallejo o Vicente Huidobro; también en narrativas posteriores como las de Virgilio Piñera y Salvador Garmendia se percibe a Poe, y hasta en la mal llamada subliteratura, el cómic, la historieta, la ciencia ficción y el microrrelato Poe anda paseando por ahí, campante. Incluso hasta por contraste, por reacción contra él y su obra, se percibe. De modo que no será fácil librarse de su influjo.
Es cierto que los lectores del siglo XXI hemos adquirido unas características muy distintas a los lectores del siglo XIX y XX, habituados como estamos a asistir a los diversos modos de un relato ecléctico donde puede fundirse el cine , el arte, la música, la fotografía, el video, el internet, los periódicos, las revistas o las páginas web en un solo día; un relato que puede amalgamar todas estas experiencias como un fenómeno cotidiano. En el caso de Edgar Allan Poe, creo que éste va a continuar sobreviviendo a una experiencia narrativa y artística justamente por la capacidad de asimilación de los horrores cotidianos de quienes puedan abrir sus estados de conciencia un poco más allá de las convenciones del verismo o el realismo, y accedan a uno de esos escritores que dieron los primeros pasos ciertos para transgredir los límites entre vida y muerte, entre sueño y vigilia, entre realidad y fantasía, por todos los medios posibles.
Así invitamos al lector a un recorrido personal por estos extraños textos que atravesaron la mitad del siglo XIX, todo el siglo XX y arribaron al XXI aún frescos, llenos de poder sugestivo.Un aspecto distintivo del mundo de Poe, es que es él mismo, su propia imagen, la que protagoniza sus relatos, el narrador testigo es el propio Poe, quien se ha convertido en el principal personaje de sus cuentos. Y esto hasta ahora, no había sucedido nunca en ningún cuentista anterior, y posiblemente tampoco ha aparecido con tal fuerza en uno posterior, con excepción quizá de Horacio Quiroga.

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