Un asiento en la Washington Science Fiction Association (WSFA)

Publicado el 10 de mayo del 2015 | ~

 

washington_dc_capitol_building

Por Leonardo Espinoza Benavides*

*Mail de contacto: [email protected]

La capital estadounidense, Washington, DC, se prolonga en forma de una extensa área metropolitana que ha ido creciendo en convergencia con sus estados aledaños. Al suroeste de la urbe, que se adorna con monumentos y memoriales que a momentos parecen evocar parajes y glorias greco-romanas, le acompañan como fieles vecinos los suburbios del norte de Virginia. El ordenado ímpetu capitalino va dando paso a las cálidas viviendas circundantes, alineadas en avenidas que se curvan y se alzan respetando los montículos geográficos, recibiendo el frondoso abrazo de los bosques citadinos que hacen de los patios un continuo colectivo; sin rejas ni cercados, salvo peculiares excepciones. En Arlington, una de las ciudades que componen el resguardo descrito, en una noche desplegada por un precoz crepúsculo invernal, una amplia casa de madera me indicaba con su numeración que, efectivamente, había llegado al lugar correspondiente. Lo dudé, de todos modos: nada parecía indicar la presencia del cuartel que buscaba. Tras subir las escalinatas congeladas, una puerta externa, traslúcida, me evidenciaba una compuerta interna completamente abierta. Dirigí un rápido vistazo por el ventanal contiguo y, al ver un grupo de cabezas canas reunidas, me convencí de estar en el sitio apropiado. Como mi costumbre chilena me indicara, toqué, por supuesto, la puerta. Repetí tímido los golpes hasta que una mujer, de chaleco de lana y de risueña longevidad, abrió la entrada transparente y me recibió diciendo en su lengua nativa: —No es necesario que golpees. La puerta la dejamos abierta para que entre el que quiera.

La Washington Science Fiction Association (WSFA) es el club de ciencia ficción más antiguo de la zona metropolitana de Washington, fundado en 1947 por siete entusiastas que se encontraron en el Worldcon de aquel entonces en Philadelphia. Sus reuniones, desde 1960, se han llevado a cabo el primer y tercer viernes de cada mes; y el quinto, también, de darse la ocasión. Desde entonces que las casas de sus miembros sirven de puntos de encuentro, hoy en día con una sede en Virginia y otra al noreste, en Maryland, en la otra esquina de aquel gran sector urbano. Y fue a uno de esos encuentros al que ingresé aquella noche.

El ambiente era, simplemente, sencillo; acogedor. Ahí estaba reunido un grupo de unas veinte personas donde predominaban los hombres y mujeres en su quinta década, algunos quizá en la sexta (tal vez séptima; se mantienen bien por esos lados) y unos muy escasos en la tercera. Y, a pesar de mis veintitrés, me sentí, o, mejor dicho, me hicieron sentir, cordialmente bienvenido. Con sus latas de bebidas e infaltables cervezas, todos con ropa holgada gracias a un perfecto sistema de calefacción, comenzaron, a las nueve de la noche, su reunión: sillas colocadas en el living de la casa frente a un sillón que hacía de tribuna para las voces que comenzarían el reporte correspondiente. Unos cuarenta minutos duró la charla introductoria, donde conversaran entre ellos sobre futuros eventos a organizar y sobre contactos con editoriales para la publicación de libros; sobre la actualización de la información que suben a internet, o sobre los concursos literarios que organizan; sobre anécdotas personales y noticias de algún miembro no presente en el momento. Un humor cándido entretejido con la certera eficiencia americana. Pero por sobre todo, el barniz que todo lo recubría era, sin duda, el compañerismo desinteresado.

Una cosa los unía; una cosa nos unía: la pasión por la Ciencia Ficción. El cariño hacia esta estimulante manifestación humana.

Me presenté. Les comenté que venía de Chile, aquel país largo al sur del continente, que me había enterado de ellos tras una búsqueda en internet y que me había propuesto localizarlos; y que, además, con infinito agrado les daría a conocer sobre el género en nuestro país. Así nos mantuvimos conversando durante la velada, buscando y siendo encontrado por amigables e interesados interlocutores. Y de esta forma seguí asistiendo a sus sucesivas reuniones. Yo les compartía mi experiencia forastera con el género, comentándoles también de nuestro conciso pero digno aporte nacional; ellos, por su parte, me narraban, sin hacer alarde, sobre sus legendarios exponentes y su incansable situación actual. Al fin y al cabo, era este un país donde la ciencia ficción no ha cesado nunca de producir con ejemplar vitalidad.

Las juntas eran siempre placenteras, sinceras. Más de una vez me pregunté cómo este sencillo grupo se mantenía aún cohesionado tras más de seis décadas y varias generaciones; cómo éste grupo era capaz de realizar tantas actividades; de organizar, por ejemplo, el gran CapClave anual, una importante convención a la que asisten cientos de entusiastas y renombrados escritores, tales como Kim Stanley Robinson, Connie Willis e, incluso, George R.R. Martin, contando, este año, con la participación del británico Alastair Reynolds. Si bien no tengo la respuesta precisa que explique lo fructífero de sus quehaceres, intuyo que en gran parte se debe a una inquebrantable creencia en lo que hacen: un actuar seguro, convencido, constante y perseverante; la responsabilidad y el aprecio hacia sus pares; la hermandad.

Tras meses de asistencia reuní finalmente los requisitos para convertirme en miembro oficial de la WSFA, título que me despierta, confieso, una infantil alegría: uno de esos regocijos de pertenencia. Y más importante todavía me han sido las amistadas generadas con y hacia ellos.

Pero todo este relato no pretende ser una mera crónica individual; ahora me dirijo a mis pares chilenos que gozan del mismo modo que yo de la ciencia ficción, y los hago, también, partícipes de mi periplo. Desde un principio tuve la intención de dar a conocer nuestros logros nacionales en esta forma literaria, sintiéndome aún más motivado al recibir el entusiasmo por parte de los integrantes de la asociación. Tras una idea compartida surgió el interés de aportar un par de artículos para que publicasen en el portal de la WSFA, pudiendo así suministrar bosquejos de nuestras peripecias criollas. Por un lado les escribí un ensayo consistente en un sencillo y humilde comentario personal sobre mi recorrido por el género, una visión singular de un chileno, para luego ser complementado con un segundo artículo que diera una visión más colectiva, plural. Este segundo artículo consiste en un breve panorama histórico de la ciencia ficción en Chile, texto que busqué en Marcelo Novoa, desde la distancia, y que, con mucha entrega y dedicación, me facilitó para poder traducir y darnos a conocer una vez más en estas tierras lejanas, esperando que de las intenciones benevolentes surjan siempre buenos frutos. Los artículos  han sido recientemente publicados, abriéndose por primera vez un tímido lugar en el sitio web extranjero titulado «Chilean SF (Science Fiction)». Con ustedes comparto el enlace: http://wsfa.org/site/?p=415

Se debe clickear donde dice «WSFA Journal March-April 2015», en rojo, en el texto mismo. Proporciono también el enlace directo al PDF:

http://wsfa.org/site/wp-content/uploads/2015/05/journal_2015_03.pdf

Los artículos en cuestión se encuentran al terminar el reporte interno de la asociación; sus títulos son: «From Colchagua to Washington: A Chilean encounter with Science Fiction» (versiones en inglés y español) de mi autoría y «A Brief Panorama of Chile’s Science Fiction» (versión en inglés) de Marcelo Novoa.

Si bien durante las reuniones con la WSFA no tuve el tiempo de explayarme verbalmente sobre todos nuestros exponentes, como los loables Antonio Montero y Elena Aldunate, o sobre los esfuerzos de Carlos Raúl Sepúlveda y las innumerables andanzas de Luis Saavedra, o las sorpresas de Sergio Amira y Pablo Castro; los inmensurables aportes de Andrea Bell, Moisés Hasson y Omar Vega; y sobre las actuales voces que se abren camino hoy en día, al menos sí les pude hablar en persona de nuestro merecido gran maestro: Hugo Correa. Los demás, o al menos algunos de ellos, esperamos con Marcelo Novoa que puedan ser leídos y justamente señalados a través de nuestros modestos y bien intencionados artículos.

Por último, cierro estos párrafos de manera más bien suspensiva: entre conversaciones avivadas por brebajes americanos se gestó la llamativa idea de hacer una participación chilena, aunque fuese sucinta, durante el CapClave de este año, a realizarse el día 12 de Octubre. Junto a Sam Lubell y Kathi Overton, miembros de la asociación, hemos estado trazando la idea, barajando la posibilidad de una teleconferencia (que, me comentan, funcionó alguna vez con otro país), aprovechando mi estado nómade entre ambas naciones durante el año presente. La única forma de que aquello funcione es aunando fuerzas, ante lo que pienso en muchos de los nombres ya mencionados y por supuesto muchos más (Roberto Pliscoff, Alberto Rojas, Mario Bustos Ponce, entre otros; sin compromisos de antemano más que hacerlo con empeño y jovialidad).

Donde alguna vez nuestro querido Hugo Correa hizo presencia, nuestras voces, una vez más, vuelven a merodear por sus vastos paisajes templados.

6 de Mayo, 2015.

Santiago, Chile.

Comenta este artículo: