Todos somos Deckard

Publicado el 30 de marzo del 2011 | ~

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Por Antón Carrasco

Cuando Rick Deckard (el Blade Runner del clásico film cf de Ridley Scott – 1982) llega a su oscuro departamento en el piso 97, viene destruido. Está cansado de la vida que lleva y detesta su trabajo. Sólo lo ha aceptado porque no tiene más remedio. Si no eres policía no eres nadie. Las palabras del Jefe Bryant aún resuenan en su cabeza. Tiene dientes sueltos y algunos faltantes, el sabor metálico de su propia sangre en la boca y está mojado. Todo el tiempo siente dolor en su cuerpo, sólo quiere dormir.

En Los Ángeles del 2019 siempre está mojado, llueve desde todos lados y no importa si es de día o de noche, pues la niebla de un planeta añoso y en constante exilio todo lo cubre. Sólo algunos pocos viven en la Tierra, los que no han podido aprobar el examen médico, los pobres, los excluidos, la policía, y aquellos comerciantes que dependen de la Corporación Tyrrel, como proveedores de ojos, piel y órganos artificiales.

Deckard es uno de ellos. Camina por entre los intersticios de una ciudad oscura húmeda y repleta de neón, mientras la interlengua se mezcla con la publicidad en español, asiático y árabe que invita a vivir en las colonias exteriores de la Tierra, o a comprar un androide para las tareas del hogar. Deckard come en la calle rápidamente y luego regresa a su oscuro lugar, a su piano, a sus fotos, a sus recuerdos.

Antes de “aceptar” volver a su antiguo trabajo de “retirar” a personas artificiales pienso que Deckard debió haber saldado muchas de las preguntas que aparecen en el film, o quizá no. Si acaso por error había retirado  a un humano, qué es lo que hacía o definía a un ser humano,  o quizá por qué eligió ese trabajo y no otro.

Deckard parece haber sido bueno en lo que hacía. Bryant al buscarlo le dice que quiere su magia, la magia del veterano Blade Runner. Pero él ya estaba retirado. De seguro  vivía deambulando por la ciudad, sentándose a comer sushi callejero, fideos chinos, bebiendo de vez en cuando. Mirando la ciudad hundida en esa niebla eterna. Sintiendo la lluvia caer día tras día o tras noche. Buscando entre las vitrinas alguna imagen que le diera tranquilidad. Al parecer Deckard no tuvo opción.

No la tuvo al convertirse en un Blade Runner y tampoco la tuvo al aceptar aquel trabajo. Retirar a cuatro ejemplares de Nexus 6 que habían escapado. Pero el crimen no era ese… el crimen era ser un Nexus 6 y estar en la Tierra. Los Nexus  6 estaban proscritos so pena de muerte, de hace años ya cuando un grupo de ellos se había revelado sangrientamente. En suma, Deckard era el verdugo de los Nexus. Una especie de guillotinador ciberpunk que, tecnología, armas e instinto de por medio,  va detectando y eliminado (retirando) a los réplicos.

Deckard exhibe cierta destreza en su accionar cuando aplica el test Voight Kampff para detectar replicantes que parecen humanos, algo más allá que un policía normal. Sin embargo, bastantes dificultades tiene cuando de RETIRAR a los Nexus 6 se trata.

A Zhora, la primera y bella replicante que bailaba en un club, solo consigue retirarla luego de ser golpeado y de una persecución larga y peligrosa. Varios disparos por la espalda fueron necesarios para que Zhora expirase.

A Leon, no lo retira él. Es Rachael la que con un certero disparo en la frente evita que el réplico termine con los dedos metidos en los ojos de Deckard.

Con Pris sufrió bastante. La gimnástica muñeca de placer lo tuvo contra las cuerdas con una llave de piernas digna de un pulpo de los mares perdidos de Ulises. El exhibicionismo contorsionista de Pris terminó con ella. Una bala salida del arma de Deckard le atraviesa el torso para quedar convulsionando como un pescado fuera del agua. Hizo falta una bala más y Deckard ya no quería más guerra.

Lo de Roy es de antología. El NEXUS 6, enérgico y  hasta lúdico, aúlla como un lobo y lo persigue. Deckard huye con miedo y busca algo a que asirse. Tiene los dedos de su mano quebrados y ha perdido su arma en la huída. Finalmente Roy le salva la vida y luego de una pregunta casi filosófica muere. Deckard queda tirado ahí. Cansado, herido y algo aturdido.

Has cumplido tu misión, le dice Gaff.

No obstante aún queda Rachael. A la que ya ama y que corre a rescatar.

Como se ve, para Deckard cada réplico es más difícil de retirar. Finalmente a Rachael no la retira. Es más, le salva y se la lleva como única esperanza de tener una nueva vida, lejos de aquella ciudad y sus oscuras proyecciones.  Es Rachael, quien le ha proporcionado las preguntas (respuestas) y le ha abismado al error, quien le ha salvado la vida y quien ha desnudado algo de humanidad en Deckard. Es Rachael realmente la verdadera protagonista. Sin ella, Deckard estaría muerto a mitad de trabajo.

Solo con, por y en  Rachael,  Deckard toma una decisión de verdad. Soberana. Renunciando a su Bladeruneridad. Renunciando a todos los años y años que pasó hundido en esa ciudad.

A menudo en nuestras vidas deben aparecer Rachaels que nos recuerdan eso. Sea una persona, una causa o un proyecto de vida que nos saque de esa ausencia de renuncias. Quizá los sueños también ocupen ese espacio. Pero la pregunta es ¿Acaso todos pueden optar? ¿Cuántos miles de millones de seres humanos no tienen otra opción que desempeñar un trabajo que no toleran y que les come la vida y que ineludiblemente van salvando el día a día?

Atascados como funcionarios estatales o de grandes corporaciones perviven en un círculo de renuncias fracasadas. En un continuo aproximarse al escape, retrocediendo en las memorias, atascados en la lluvia permanente de  un alma adormecida.

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