El umbral de lo real y no lo real en “El Sur” de Jorge Luis Borges

Publicado el 17 de noviembre del 2009 | 1

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Por Cristian Briceño González

1. Breve contexto de la fantasía en América Latina

Parece un tanto extraño considerar la literatura latinoamericana como un cúmulo de recreaciones y representaciones fantásticas de la realidad, aunque, efectivamente, ese sea el patrón que predomina en gran parte de los autores que desarrollan sus obras desde una óptica hispanoamericana. Una posible causa a esta realidad –que de ningún modo es negativa, sino que simplemente, un patrón predominante que se convierte en el motor de interesantes lecturas- es que, desde un principio, la identidad americana parece ser un misterio. Desde el asentamiento de los conquistadores en América es que se produjo el primer silenciamiento de los valores y la cultura propia de este continente, un silencio traducido en la violencia del avance del idioma española por sobre la lengua aborigen que sacó casi de raíz la historia y la cosmovisión propia del “indio”[1]. Es en este primer momento donde podríamos situar el origen de lo fantástico, de esta necesidad de imaginar una identidad y una historia a base de los preceptos de la cultura europea, aunque pueda parecer un tanto complejo.

En este marco, la fantasía en latinoamericana surge día a día desde distintas ópticas y con distintas manifestaciones literarias. El clásico “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez puede ser una de las obras más significativas al respecto, aunque son muchas más los autores que nos presentan sus distintas narrativas en las cuales los distintos mundos parecen entremezclarse de una manera que no deja de llamar la atención. En este ensayo, se llevará a cabo el análisis de los elementos de lo fantástico presentes en la obra “El Sur” de Jorge Luis Borges, centrándose en las distintas acciones que rozan el umbral de lo real y lo fantástico, creando cuestionamientos respecto a cuál es el límite entre ambas realidades.

2. “El Sur” de Jorge Luis Borges

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio. (Borges, 2009: 2).

¿Nadie ignora que el sur empieza del otro lado de Rivadavia? Tal vez, para un lector que no tiene mucho conocimiento de la geografía de Argentina puede parecer un problema. No obstante, no es lo que importa en este relato en que la fantasía suple toda falta de información respecto a la realidad. Y es precisamente ese punto donde comienza a demarcarse esta línea entre lo real y lo no tan real, entre una vida cotidiana y una vida en que los sucesos parecen perder ese control que lo cotidiano supone tener dentro de sus acciones.

La historia comienza relatando la breve historia de Johannes Dahlmann, pastor de la Iglesia Evangélica que ha llegado a Buenos Aires en 1871. Todo parece normal en el trayecto de nuestro personaje que vive su vida, hasta que es llevado a un sanatorio donde es sometido a curaciones que, desde su propia óptica, aparece como una tortura violenta y sorpresiva ante la cual está impedido y ciego. El relato es presentado como un ataque, siendo que en realidad se trata de una de todas las curaciones para salvarlo de la septicemia que por poco le quita la vida. Es en este primer momento en donde la fantasía comienza a hacerse notar, en cómo la propia óptica del personaje deja entrever su propia percepción del mundo. En el concepto de Todorov (1970), nos encontramos frente a un suceso extraño que irrumpe en lo cotidiano, produciendo una modificación que, en este caso, corresponde a la aparente tranquilidad de su vida normal y “desgraciada” que hasta a él mismo le produce cierta lástima.

Pero los hechos extraños no se dejan entrever sino con el desarrollo del resto de la historia. De algún modo, la vida de Dahlmann está regida por sucesos extraños que no le permiten mantener una real tranquilidad en su camino de día a día. Este primer “ataque” de curación es sólo el punto de partida, es sólo el deseo del desenlace al cual llegará la historia. En cierta medida, el tema de la muerte –de su propia muerte- no es algo que el personaje quiera evadir y en este aspecto es que nos encontramos ante una propia sentencia de muerte que se personifica en las últimas líneas del cuento, haciendo alusión a la incomodidad que había sentido durante su paso por el sanatorio.

Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado. (Borges, 2009: 4).

La evocación de la muerte aparece desde el primer momento en que se cruza la línea de lo normal, demostrándonos a Dahlmann como un personaje enfermo de algo que no se especifica, pero que desde ya nos determina que sus acciones estarán determinadas por las conductas propias de alguien con una enfermedad: en este caso, él decide realizar un viaje a las estancias del sur. No obstante, la sentencia de muerte comienza en el preciso instante en que pretenden curarlo de su desdicha, aunque, en un mundo un tanto extraño, esta sentencia de muerte no sea presentada desde una óptica tan negativa por parte del personaje que encarna la acción.

Otro de los aspectos que no pueden pasar desapercibidos en la lectura del cuento es el hecho de la literatura con la cual el personaje se mueve de un lado a otro, leyendo en la estación, leyendo en el lugar en el cual se encuentra. Destaca la presencia de Las Mil y una Noches, un relato que marca la fantasía en la cual el personaje, de una u otra forma, se sumerge y que luego se desdobla en la realidad dentro de la cual transita.

Y es que el umbral de lo fantástico y lo real avanza en la medida en que el personaje se mueve de los distintos lugares en los cuales desarrolla su vida. El Sanatorio es la entrada a este mundo, pues, la enfermedad es la que de alguna forma lo mueve a los sucesos con los cuales concluye el relato. Cuando le cuentan de que estuvo a punto de morir de septicemia y el personaje llora por su desdicha, nos encontramos frente a la presencia de lo mágico, en que Dahlmann se salva, aparentemente, por milagro, pues la rápida intervención humana no puede ser motivada sino por algo paranormal que logró salvarlo justo a tiempo. Después de todo, la muerte que le ha sido sentenciada de antemano –y que él mismo, de alguna forma, también ha deseado- se retrasa, fantásticamente, para llegar a esa vida eterna que nos deja el narrador al final, donde no nos refiere de una evidente muerte del personaje, aunque éste tenga todas las de perder respecto a los otros jóvenes que sí saben cómo llevar a cabo una lucha de este tipo.

Y la muerte, que ha estado latiendo a lo largo de todo el relato, se silencia y comienza a relucir con su magia y fantasía en el encuentro en el restorán cuando el personaje ya ha llegado al “Sur”, cuando ya ha cruzado ese límite que el mismo ha indicado como tal. Y claro es que este lugar, cumpliendo con su destino –a manera de una sentencia de muerte realizada previamente-, se encarga de establecer las condiciones para que el destino se cumpla.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. (Borges, 2009: 4)

La daga que cae ante sus pies es la confirmación de que la muerte lo ha estado esperando, aunque esta espera no llegue a su final a lo largo del cuento sino que, extrañamente, continúe aún cuando termina la historia. El arma llega a sus manos como la herramienta que lo impulsa a comenzar la lucha, a aceptar su destino del cual ha estado escapando desde mucho por influencia de otros. Este es el momento en que el mismo tiene la decisión y el poder de obrar sobre su propio destino: luchar y ganar, que parece ser lo menos probable; o perder y morir en un duelo del cual poco sabe de técnicas para poder mantenerse en pie, de un mundo que desconoce. Para Dahlmann, el Sur es un mundo fantástico cuyas reglas desconoce, pero que –al igual que el lector-, establece un pacto de verosimilitud que acepta como si fueran tales sin mayores cuestionamientos.

Y el final, fiel a su carácter fantástico, queda abierto. Probablemente la daga tenga vida propia y logre salvar a nuestro personaje de la muerte en un mundo que no conoce o puede que caiga derrotado a los pies de su enemigo. El mundo fantástico nos deja la libertad de creer en muchas posibilidades, pues nunca se sabe a ciencia cierta cuándo las reglas puedan volver a cambiar.

Referencias bibiográficas:

Borges, J. L. (2009). El Sur. Disponible en

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/sur.htm

Todorov, T. (1970). Introducción a la Literatura Fantástica. México: Editorial SXXI


[1] Al respecto, los relatos del Fray Bartolomé de Las Casas dan cuenta de la realidad de explotación de los indígenas, así como el menosprecio de sus creencias al considerarlas, despectivamente, como fantasías. A partir de estos sucesos es que la fantasía se arraiga al pensamiento respecto a América.

Una respuesta a “El umbral de lo real y no lo real en “El Sur” de Jorge Luis Borges”
  1. Renzo dice:

    Agradezco tu artículo Cristian. Me encantan las distintas interpretaciones que se le pueden sacar a las obras de Borges; ojalá existiese mayor cobertura para esta “literatura filosófica”; quizá esta escasa llegada (en comparación a las literaturas más populares) se deba a la peculiar estructura mental que requiere en sus lectores. Saludos y felicitaciones.

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