Armando Menedín y sus metáforas del futuro (Primera Parte)

Recordando al Editor y Amigo
He leído “Laura” (1963) en poco más de una hora, hoy 6 de marzo del 2007, a veinte años de la última lectura mía que recuerde, en 1988 en la biblioteca de Hofstra University, en Long Island, Nueva York.
Estuve allá viviendo un acontecimiento muy importante en mi vida de escritor y académico: había sido elegido entre los 12 especialistas en surrealismo, que participaríamos en un seminario sobre Dada and Surrealism con la afamada Anna Balakian, probablemente la más completa y profunda estudiosa del tema que nunca haya existido. Ella quería incluir a un latinoamericano junto con los participantes gringos, alguno que pudiese explicar con razón de causa los temas de lo que yo mismo (pero también muchos otros) han llamado “surrealismo autóctono” u original de América Latina. Este concepto es para nosotros tan evidente como la existencia de una flora y fauna continental diversa de la del resto del mundo o hechos singulares y prodigiosos para los extranjeros, como “tormentas que duran seis meses” o “vertientes que manan agua hirviendo” (según García Márquez).
Para los estudiosos de formación europea como Balakian, o los americanos que sean capaces de manejar esta terminología, este surrealismo “mundonovista” igualmente es un misterio que ellos explican, sin dudarlo mucho, en términos de una prolongación o satélite del gran planeta Bretoniano, y en general, de la revolución dadaísta-surrealista europea de los años veinte en Europa.
Lejos de negar esta influencia, que sin duda sacudió hasta los cimientos toda la cultura occidental (aunque en las riberas soñolientas de Chile llegara sólo en la voz y el estro de pioneros como Huidobro, Rosamel del Valle y los mandragoristas, varios años más tarde) nosotros (yo) sosteníamos que el surrealismo en el Nuevo Mundo tenía características propias, nacidas de nuestra alma mitad indígena, mitad europea.
Mucho de esto tiene que ver con el llamado Realismo Mágico, concomitante o resonante con este surrealismo autóctono, pero que los americanos especialmente han usado como etiqueta que los ayude a entendernos de algún modo, como si todos fuéramos guacamayos, según dijo una vez el poeta venezolano, Juan Liscano.
Mi lectura de L, y seguidamente de LCM (cuyo ejemplar dedicado por Armando Menedín, está completamente descuajeringado por los 43 años pasados desde su publicación y para el cual espero encontrar en Chile un encuadernador competente) ha sido una lectura llena del respeto y el amor que se debe al amigo y mentor que me dio la vida como escritor publicado.
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