Años Luz (2006) visitado críticamente por Revista Aiesthesis PUC

Por Macarena Areco | Publicado el 5 de Noviembre del 2007 | 1

Si pensamos la literatura, a la manera de Jameson, como un producto simbólico que resuelve a nivel imaginario una contradicción en el plano de Lo Real, las visiones que abre esta perspectiva de conjunto son muy productivas. Es posible leer en este sentido el que la realización del sueño bolivariano en “Julio Téllez” de Alberto Edwards (quien también cultivó el género policial) -que implica la fundación de la Confederación del Pacífico en 1918, la cual es liderada, aunque no oficialmente, por un chileno- permite que nuestro país ocupe una posición determinante en la declaración de guerra que Estados Unidos le hace a Inglaterra y Alemania en 1925 (los cañones de la ciudad de Arica destruyen la escuadra del país del norte). Algo similar ocurre en Thimor (1932), de Manuel Astica, donde el foco de la atención mundial se pone en Valparaíso, debido al hallazgo de un manuscrito que narra el descubrimiento realizado por un marino mercante chileno de la ínsula cuyo nombre da título a la novela, último vestigio del continente perdido de Lemuria. (Aunque no aparece en esta antología, vale la pena mencionar que en Ygdrasil el territorio nacional oculta un centro cósmico).

Pero no sólo se pueden leer compensaciones imaginarias en estos textos, sino que también trasposiciones fantásticas de condiciones reconocibles en la historia reciente, en la medida en que varios de los relatos -como Clasificador 331 de Claudio Jaque, Lamentos de Teobaldo Mercado Pomar y ¿Conoció usted a Salvatierra? de Sergio Escobar- son factibles de interpretar como la exacerbación pesimista, catastrofista y, en el último caso, humorística, del tiempo de su enunciación.

Por otra parte, el trabajo de Novoa también permite identificar la presencia de una veta utópica, especialmente importante en la década de 1930, que se inicia con la mencionada Thimor y tiene entre sus hitos Pacha Pulai (1935) de Hugo Silva y La ciudad de los Césares (1936) de Manuel Rojas. Otro aspecto que destaca en esta antología es la literatura doblemente marginal de mujeres que escriben ciencia ficción, las cuales son representadas por Elena Aldunate, Raquel Jodorovsky, Myriam Phillips y Soledad Véliz. Finalmente, el enfrentamiento con el otro, escenificado a través del encuentro con seres provenientes de tiempos o mundos lejanos, también está profusamente expresado en la selección. Así por ejemplo en La bella durmiente de Aldunate, un científico del futuro se enamora de una mujer del pasado a la que descubre luego de cientos de años de hibernación; en tanto, en El río del mundo de Luis Saavedra, dos asesinos, uno de ellos armado con un corvo, se revelan como extraterrestres abandonados en la Tierra, dispuestos a vengarse de sus congéneres; mientras que en Afuerinos de Daniel Villalobos, dos seres llegados por accidente desde otro planeta son confundidos con homosexuales por los habitantes del pueblo del norte del país que habitan como forasteros.

Después de esta somera enumeración, no queda más que celebrar el trabajo de Marcelo Novoa, debido al aporte que significa poner en escena una parte casi desconocida de la corriente fantástica de la literatura latinoamericana, una línea que se vuelve cada vez más profusa si consideramos en ella, aparte de los consagrados Borges, Bioy y Cortázar, a autores menos reconocidos como Juana Manuela Gorriti y Leopoldo Lugones (poco estudiado como escritor de relatos de este tipo), ambos incluidos en la antología de Oscar Hahn sobre el cuento fantástico hispanoamericano en el siglo XIX; a narradores intersticiales -el término es de Ángel Rama-, que, como Juan Emar se han desplazado en los bordes de la ciencia ficción y de otros subgéneros populares; y, por supuesto, a estos “visionarios aterrados con el presente” (13) que Años Luz nos descubre.