Años Luz (2006) visitado críticamente por Revista Aiesthesis PUC

El impulso culturalista de las últimas décadas del siglo XX, con su concepto ampliado de cultura y de producción simbólica más allá de los márgenes del canon y de la “obra de arte”, le ha otorgado un espacio de visibilidad a los hasta entonces despectivamente llamados subgéneros narrativos -el policial, el terror, el folletín romántico o de aventuras y la ciencia ficción, entre otros-, los cuales, en esta nueva estrategia multidisciplinaria, son concebidos como formas privilegiadas de expresar lo que un neomarxista como Fredric Jameson llama el inconsciente político. Proliferan así trabajos académicos que leen Drácula de Bram Stoker en sus relaciones con el movimiento de la Nueva Mujer, el antisemitismo europeo, el colonialismo, la frenología o el darwinismo en la Inglaterra victoriana; teorías que vinculan los crecientes requerimientos de control ideológico del proletariado con la estetización del crimen y su concepción como obra de arte en el policial clásico desarrollado en el siglo XIX; o estudios que interpretan la labor socialmente vinculante del detective de serie negra a la luz de la fragmentación propia de las ciudades del capitalismo tardío, sólo por nombrar algunos ejemplos.
Como en tantos otros casos, Borges ya había planteado, en su prólogo a las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury publicadas por Minotauro en 1955, donde además esboza una breve historia del género, esta visión: “Toda literatura [...] es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo ‘fantástico o a lo ´real’ [...] Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street” (29).
Este claro de visibilidad adelantado por el autor de Ficciones y despejado desde la academia por la crítica cultural reciente puede explicar en parte importante el que en la temporalidad que tantas veces fue su emplazamiento preferido, el siglo XXI, la ciencia ficción en Chile experimente un auge, del cual son muestras significativas la publicación de la novela Ygdrasil de Jaime Baradit en 2005 y la antología de Marcelo Novoa que ahora comento.
Tal como su subtítulo lo plantea, es este trabajo un mapa que permite ubicarse en la zona casi desconocida de la creación literaria nacional, que es la ciencia ficción. De ahí que el antologador proponga un corpus amplio -el cual convoca a treinta y seis autores y abarca gran parte del siglo pasado y de lo que va corrido de éste- y que entregue también una periodización ordenadora que divide a la narrativa de anticipación chilena en cuatro etapas: “Casi … la edad de oro (1930-1959)”; “Los continuadores invisibles (1960-1979); “La Edad (+) Dura (1980-1999)”; y “The NeX Generation (2000…)”; a las que se suma una fase de “paliociencia-ficción chilena” (19), al decir de Roberto Pliscoff, donde se mencionan, entre otras, Ocios filosóficos y poéticos en la Quinta de las Delicias (1829) de Juan Egaña y Don Guillermo (1842) de José Victorino Lastarria.
Como todo mapa que intenta describir tierras apenas conocidas, la antología de Marcelo Novoa tiene sus zonas dudosas, principalmente la relativa a la delimitación del género, cuyo problema radica, creo, en la carencia de una discusión más acabada (la definición de la fórmula, que se entrega en el estudio inicial, vinculándola con los cuentos de hadas y las leyendas – “el género responde básicamente a un deseo de racionalizar dichos mitos pretéritos, dotándoles de una explicación, más o menos, científica” (15)-, es insuficiente, como el mismo Novoa señala). Así, se incorporan textos como “Bicéfalo” de Hernán del Solar, en donde no aparece lo que Darko Suvin llama novum, es decir, la causa material, científica o pseudo científica, que según este autor es el rasgo distintivo del género, y sólo puede percibirse lo que se ha indicado como la función simbólica de la ciencia ficción, que es la representación del encuentro con la diferencia.
Tampoco se realizan distinciones, a mi modo de ver necesarias, entre aquellos textos en que la ciencia ficción es el único horizonte genérico, y aquellos en que es uno más dentro de diversas modalidades, lo cual es especialmente claro en Juan Emar (quien, en este sentido, más que formar parte de la tradición de escritores de anticipación, lo es de una línea experimentadora, que se caracteriza por desarrollar una narrativa metaliteraria y metagenérica, dentro de la que se encuentran Macedonio Fernández, Felisberto Hernández y Enrique Lihn, entre otros). En esta misma dirección puede discutirse el criterio, no formulado, de seleccionar una sola obra por autor, el cual lleva a que, por ejemplo, en el caso de Hugo Correa, se elija un único relato (siete páginas versus dieciséis de Emar, en lo que se puede leer un intento de canonización del género), a pesar de que este autor es, según el antologador, el fundador de la ciencia ficción en el país y su mayor exponente.
Pero no quiero detenerme en estos problemas que no constituyen el eje de un trabajo cuyo objetivo no es hacer precisiones teóricas, sino que abrir lo que hasta ahora ha sido “una puerta tapiada” de la narrativa chilena y con ello recuperar una parte de la tradición literaria no-realista, definida por Novoa como “´una corriente sumergida’ que sólo hoy sale a la superficie… con años luz de retraso” (21). En cambio, parece más a propósito reseñar algunas de las múltiples posibilidades que abre el poder contar con un material como el que pone a disposición esta antología.
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